Érase una vez, en los estudios de la Warner Bross a principios de los años 90, una película de animación ronda las paredes y las mentes de sus trabajadores…

Historia

En 1994 había iniciado el proyecto de un largometraje animado de carácter musical de la mano del músico Pete Townshend. Sin embargo, no fue hasta que Brad Bird entró en escena como director, que la película tomaría forma y cuerpo. Su primera decisión fue contratar a McCanlies como guionista en 1996.

La misma Warner le expuso varias tramas argumentales que se barajaban en aquél momento. Entre ellas estaba la novela ilustrada The Iron Giant (1968), escrita por el autor y poeta Ted Hughes para el reconforte de sus hijos tras la muerte de su esposa por suicidio. La obra era un cuento infantil donde se hablaba de la paz a través de un mundo de fantasía melancólico pero esperanzador. Al leer esto, Bird se cuestiona lo siguiente: ¿qué pasaría si un arma tuviese un alma y no quisiese ser un arma? ¿Estamos condicionados por lo que somos o por lo que hacemos?

Tras hacerse estas preguntas Bird crea una película apoyada en tres pilares: la figura del héroe, el contexto histórico y la moral teológica.

Principalmente animada en 2D tradicional, salvo para el personaje del Gigante el cual se animó con un modelado 3D, la película contó con la mitad de tiempo y presupuesto que otros largometrajes de animación del momento.

Su estreno mundial fue el 9 de julio de 1999, y aunque no obtuvo un gran éxito en taquilla, al no recaudar lo suficiente para cubrir el presupuesto de su producción, recibió reconocimientos como premios de la academia y de los críticos.

Influencias

En primer lugar, la figura de Superman (1938) se convierte en la base para el desarrollo del personaje del gigante. Un figura que proviene del cielo, muy vinculado al Nuevo Testamento y Jesucristo como «salvador» de la humanidad ante sus pecados. Ambos comparten la salvación y la representación del bien confrontando el pensamiento social de la época. El gigante, al ser un personaje creado con metal, genera una conversación moderna y muy sonada en los 80s y los 90s acerca del apocalipsis y las máquinas como figura paralela desafiante ante un posible fin del ser humano. ¿Hacia dónde está llegando esta transgresión en la inteligencia y la vida? Era la conversación que ofrecía el cyberpunk, viéndose en películas o series japonesas como Evangelion, Akira o Ghost in the shell.

Al irrumpir con un personaje que carece de lo que podría denominarse como «aspectos humanos», El Gigante de Hierro enfrenta al espectador con aquello que contemplaba como «el malo» y mezcla ambos conceptos opuestos en una sola figura. Esto mismo podía verse en Superman al ser un hombre proveniente de otro mundo, siguiendo con la idea ya muy delineada, que el ser humano es incapaz de ser su propio héroe. Ya en la antigua Hélade, la figura heroica era considerada divinidad, un ser de aspecto humano pero que poseía las características de la perfección, a lo cual todo ciudadano debía aspirar a ser. El Gigante trastoca este concepto, permitiéndonos ver una figura humana en la creación de su propia moralidad.

La película nos narra la historia de un niño (Hogarth Hughes), quien vive con su madre, aparentemente soltera, en el año 1957. 

Una noche, mientras veía la televisión ésta comienza a fallar y sale para averiguar qué ha sucedido con la antena. Para su sorpresa, se encuentra con unos hierros metálicos y destrozados en su tejado, y unas huellas gigantes que se adentran en el bosque. Allí se encuentra, al lado de una central eléctrica, un robot gigante de metal de 15m de altura. El gigante queda atrapado entre los cables de la central, pero es ayudado por el niño. Este encuentro desencadena el inicio de una relación amistosa, en incluso paterno filial, en la que el niño le enseña al gigante a hablar y a dibujar un mapa moral acerca de la vida y las consecuencias de nuestras acciones.

Teología, filosofía y moralidad

El robot no sabe quien es ni lo que es. Y nosotros como espectadores tampoco tenemos mucha información al respecto, excepto que proviene del espacio. Sin embargo, desconocemos su propósito en la Tierra o quienes lo crearon.

A pesar de que su tamaño y su inhumanidad puedan resultar atemorizantes, Hogarth descubre en el gigante un sentimiento de protección y de aprendizaje. Un lugar en el que canalizar e identificar sus propios pensamientos y reflexiones de una manera más abierta y sincera. Se descubre a sí mismo a través del robot. Un elemento metafórico del cambio, del aprendizaje, de la moralidad y la infancia.

El personaje de Dean, el artista solitario y libre pensador sirve en esta historia de aceptación para reafirmar al niño en esta idea: “Tu eres lo que eliges ser.” Una frase que cobrará cada vez más significado conforme ambos protagonistas (robot y niño) vayan desafiando las constantes mareas del prejuicio y la violencia, consecuencias del miedo de los adultos ante aquello que desconocen y no quieren conocer.

Pero también es una película que habla de la pérdida a través de la infancia de Hogarth. El diálogo sobre la muerte y la fe juegan un papel fundamental, exponiendo una perspectiva naive y teológica sobre el concepto mismo del ser humano y su finalidad. Esta conversación viene del propio Hughes, autor de The Iron Man (1968), quien desarrolló la historia a raíz de la muerte de su esposa, para sus hijos, quienes aún pequeños, aún no estaban familiarizados con la muerte.

No sabemos si el gigante es un ser o una máquina, a través de un diálogo sobre las armas, pero esta ambigüedad en su mera existencia permite a los protagonistas hablar de la idea del alma, donde Hogarth expone lo siguiente: “La muerte es parte de la vida. Todos morimos. Es malo matar pero no es malo morir. (…) Tu piensas y tienes sentimientos, lo que significa que tienes alma, y las almas no mueren.”

La película es un bagaje emocional hacia la reflexión y la crítica sobre nuestras propias acciones. El miedo no debe ser hacia la muerte, sino hacia la posibilidad de que ésta sea fruto de lo que hagamos o decidamos.

Sobre los 50s en los 90s

Descubrimos aquí la importancia del período histórico en el que se desarrolla la película: la Guerra Fría. Una época en la que el miedo y los secretos provocaban una disidencia en las relaciones internacionales entre EEUU y la URSS manifestándose en diversos campos artísticos como el cine, el cual era uno de los más influyentes en la población. Junto a este se encontraba la televisión, que se nos muestra en la película con las típicas películas post-apocalípticas o de terror en la ciencia ficción que se veían fuertemente influenciados por el período sputnik y el espionaje internacional. 

Esta es una de las pocas películas animadas donde el contexto histórico posee un papel tan importante en la comprensión de la trama. La época no sólo es un background en el cual desarrollar la historia, sino que condiciona la perspectiva de los personajes y le da sentido a sus acciones. Otro caso puede ser el de Persépolis (2007), donde el contexto histórico es la misma intención argumental. A través de una niña de Teherán en el Irán en los años 70s, que traza su historia desde la revolución islámica hasta la actualidad. 

Al igual que en la película mencionada, El gigante de Hierro hace una crítica desde la perspectiva de los 90s a las armas y el miedo a lo nuclear generado por una falta de comunicación y de entendimiento entre ambos seres. Una falta que en los niños parece no existir. El pensamiento inamovible e inquebrantable de los adultos frente a la mentalidad moldeable del niño justifica la necesidad de una figura infantil como protagonista, con una voz crítica muy característica en la que se contempla una etapa de desarrollo emocional y racional. 

Hoy en día, el filme es considerado película de culto de la animación y del cine convencional, y una de las representantes de la cultura pop para las generaciones de los 90.

Es gracias a El Gigante de Hierro que el cine de animación pudo asomarse entre las listas de culto y de carácter adulto en una época en la que el formato se desarrollaba principalmente para el público infantil.