Título original: Straume
País: Letonia, Francia y Bélgica
Año: 2024
Director: Gints Zilbalodis
Estudio: Sacrebleu y Take Five
Estreno: 24 de enero, 2025
Edad: TP

Un escorzo nos muestra a un solitario gato negro reflejado en un charco de agua. Así nos sumergimos en Flow (2024), con un plano que hace de espejo de su protagonista; pero, que de alguna manera, también esa imagen pretende interpelarnos y proyectarnos en la pantalla.

El director, Gints Zilbalodis, con este detalle (uno de los múltiples que construyen esta película), nos sugiere las intenciones del filme desde el primer plano, y nos da la bienvenida a un viaje hacia el cine como espejo de nosotros mismos. Y es que el aprendizaje que plantea a sus criaturas en la ficción, es el mismo que el dispositivo fílmico nos plantea a nosotros.

Se trata entonces de crear una experiencia en la que las cosas fluyan, aparentemente invisibles y casuales; vayan pasando de manera silenciosa, sin subrayados ni diálogos; quedándose flotando a lo largo del metraje para ser nosotros, como espectadores, los que nos sumerjamos, entendamos la lógica de los acontecimientos, y juntemos todas esas vivencias dotándolas de significado. Esta maniobra en última estancia nos revela el cine como una experiencia vital, aquella sobre la búsqueda y el encuentro del aprender a mirar. 

Tras la escena de apertura, irrumpe un plano de los árboles y de las mariposas brillando en el inicio del crepúsculo. Nuestro protagonista camina por la vibrante hierba, pasando por unas esculturas de felinos talladas en madera, hasta colarse por la ventana de una casa, y dormirse dulcemente en la cama; todo en un único plano. En este planteamiento hay algo que nos remite a una primera persona, a un primer lugar de confort y de estabilidad, que después, con el tsunami, desaparecerá. Un cambio de situación que, argumentalmente, obligará al gato a superar su miedo al agua y a cooperar para sobrevivir con el resto de animales que le acompañarán; pero, que de lo que en verdad se trata, como venimos diciendo, es de embarcarse en un viaje a la imagen; y para ello, es necesario entender los cimientos que la sostienen.

Fotograma de Flow (2024).

A diferencia de los anteriores proyectos de Zilbalodis, Flow se trata de un filme más grande, que ha necesitado de la ayuda del estudio Sacrebleu (Francia) y Take Five (Bélgica). En una entrevista con el medio 3DVF, el cineasta se refería a su película como una historia personal. Declaraba: “solía hacer películas solo. Entonces también tuve que aprender a trabajar en aquel equipo igual que el gato”. No es casual entonces que esa casa en la que vive el felino, posea unos bocetos, algunas herramientas de trabajo, y el detalle de las virutas por el suelo, revelándose en un gesto de metalenguaje como el propio taller del solitario creador.

Y no es coincidencia tampoco que la desaparición de ese confortable estado inicial, sea el detonante para emprender el viaje a un mundo completamente nuevo y distinto, en el que la cooperación en grupo es la superación de los miedos. Así, un aprender a mirar en la vida es un nuevo aprender a mirar en el cine. Pues este supone en Flow una suerte de simbiosis entre la experiencia del aprendizaje de la creación de la película, y el volcado de ese aprendizaje en el propio filme, dotando a la puesta en escena de un aura de descubrimiento, e implicándonos para que de alguna manera hagamos el mismo recorrido que ha hecho Zilbalodis con esta obra. Es por eso por lo que da la sensación de que se trata de una película que se está rodando mientras se contempla: todo queda invadido por una espontaneidad y naturalidad (en donde en verdad hay una gran coreografía y minuciosa precisión) que inundan todo lo que vemos gracias a una “cámara líquida”, suave y envolvente, que flota por el entorno y por sus personajes para que no se nos escape nada. Una confección de la imagen que nos invita a agudizar nuestro ojo para ver lo que ocurre a nuestro alrededor y descubrir los pequeños detalles del mundo. Y ahí está la otra clave del filme.

Fotograma de Flow (2024).

Flow, planteada como una película río, está dividida por una serie de etapas, con reminiscencias a la narrativa de un videojuego. Estructurada en varias secuencias, cada una con una ambientación y entorno distinto, se plantean situaciones o pequeñas pruebas en las que los personajes van superando distintos niveles de aprendizaje con una meta a la que llegar (unas montañas que se vislumbran a lo lejos). Pero al mismo tiempo, explota una suerte de documental de especies, todo un retrato de esa microsociedad que se crea en el barco, prestada a mostrar la interacción y el comportamiento entre los animales: el gato negro, un lémur, una capibara, un labrador y un secretario (además de una ballena). Cada uno con una personalidad muy determinada que cumple un rol muy específico.

Fotograma de Flow (2024).

El que se trate entonces de una película en la que no exista ningún tipo de diálogo, y en la que el diseño de los personajes está dirigido, no para que nos distraigamos en la textura de su pelo ni en los detalles de sus plumas, sino para que nos centremos en la corporalidad en sí, en las posturas y en su cuerpo, en los gestos y en los ojos, es una invitación a explorar todo ese magma que felizmente construye todo el sentido de la propuesta. Una narración que, como venimos insistiendo, favorece la exploración y el descubriendo de los detalles mientras el metraje fluye, sin preocupaciones por haberse extirpado aparentemente cierta causa-efecto y cierta continuidad. La película confía de esta manera en la implicación del espectador para descubrir el sentido de todas las etapas por las que se va pasando (cimentadas por esa experiencia de Zilbalodis en la creación del largometraje).

Un ejemplo de como las cosas suceden en Flow y de cómo el filme nos plantea su dinámica, se trata de la bola de vidrio verde con enhebrado de cuerdas. Al inicio es un mero adorno en la casa abandonada. Después, cuando nuestro felino es encerrado en la cabeza de la gran escultura por la inundación, la bola de vidrio aparece flotando y el gato, por su miedo al agua, no se atreve a utilizarla a modo salvavidas. Más adelante, en su siguiente aparición, será rescatada y puesta en el barco como objeto de coleccionismo por nuestro otro compañero, el lémur, para de nuevo retornar al agua sin mayor trascendencia. La bola de vidrio no tendrá entonces una verdadera utilidad en la ficción hasta casi el final del filme, cuando el gato, de nuevo, puesto a prueba, lo utilice (ahora sí) para flotar en el agua y no hundirse. Este pequeño detalle de pronto cobra suma significación, pues muestra la superación del miedo al agua del gato, siendo incluso el detonante del paso del mundo marino al antiguo orden. Este es el núcleo de la filosofía de Flow, una lectura trasversal de manera continua y un cuestionamiento de nuestras certezas descubriendo qué cosas son las necesarias y las verdaderamente importantes.

Fotograma de Flow (2024).

Llena de múltiples capas y lecturas, Flow llega a un equilibrio formal (entre lo fantástico y lo real, entre lo bello y lo doloroso), y discursivo (aquel personaje que se cree independiente se convierte en una presa, pero también, aquel que por el contrario al final del metraje solamente ha vivido para ayudar a los demás incondicionalmente sin preocuparse por él, también está condenado a la muerte). Solo uno de los personajes que ha aprendido todo y no tiene nada más que aportar, sube a otro estadio superior que el resto. Así, Flow se convierte en una película inclasificable (por vano intento que hayamos hecho aquí); un filme a caballo entre el viaje de la lucha por la supervivencia de Aguirre, la cólera de Dios (1972) o Apocalypse Now (1979) y el humanismo de Kiarostami en Y la vida continúa (1992). Una especie de filosofía de la vida por medio de un viaje al centro de la naturaleza en el que por fin unos animales no antropomorfizados resultan ser tremendamente humanos, pues nos reflejan a nosotros mismos. Aquí las cosas fluyen, salpican a la retina, mojan en la psique, calan de algún modo en la percepción que tenemos sobre las cosas, y desembocan en un bello encuentro con el aprendizaje del significado de lo que nos rodea. Y que mejor para ello que el cine. 

 

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